El porque de tantas heridas es el siniestro que afronta mi corazón. Llega el momento, soy fuerte, saco aguja y hilo, y voy cosiendo uno a una lentamente las heridas, pensando que así olvidaré el dolor de estas. Pero no, llega el momento en el que se te estremece el corazón, late más rápido de lo normal, la respiración se acciona, y de repente ocurre, cae la lluvia en tu almohada y notas ese pinchazito que te avisa de que el hilo ha roto y la herida vuelve a sangrar gotita a gotita. Puede que en ese momento la importancia sea nula, y en nuestra mente aparezca la frase "todo está bien, no pasa nada". Esto no es más que engañar al corazón, intentando menguar los latidos y creyendo que todo sigue igual. Ya basta, vuelve a estallar, un puntito más, la herida queda abierta y la tristeza inunda. Quieres pensar que todo está bien, pero él te dice que no, que no soporta una herida más, que no quiere sentir ese puñal y que esa marca podría perfectamente no estar. Y así como si nada, el corazón vuelve a accionar, y lleva a tu mente a pensar en ti, en buscar una solución para lograr el bienestar... El tiempo pasa y tu no lo detienes, las puertas se cierran y no encuentras las llaves, los muros se estrechan y no tienes escapatoria, como pájaro en jaula sin alas. Agachas la cabeza, ya está todo perdido, pues de tus lágrimas no has encontrado alivio. Ya no hay más, hasta aquí quizás, en el punto en el que ya no puedes más. 

Continuará...

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