Mi medio vagón
Él siempre llega a la misma hora, al mismo sitio, aquella estación en la parada del sol. Siempre anda desaliñado, con aspectos curiosos que distingue cualquiera a primera vista, tiene un aspecto peculiar. Y su olor... ¿Cómo podría hablar del aroma que deja por cualquier rincón por el que discurre? Os diría que es solo un aroma dulce, pero a la vez me parece fresco, agradable, innovador, diferente, un aroma que se huele y te cambia por completo el día, incita a sonreír... Él, que es capaz de erizar toda mi piel con solo una mirada acompañada de una pequeña mueca de labios, que te hace sentir un poco más grande en medio de la gente; volviendo a su mirada, sus ojos no tienen el mismo brillo que el de los demás, su color marrón se distingue con los rayos del sol, que los convierte en color caramelo, algo tan dulce como un caramelo... Sus labios, parecen tan suaves, que siempre sueño con que los puedo acariciar, morder y besar, fundir mis besos con los suyos... pero claro, eso es todo un sueño, una imaginación de mi mente que me permite vivir con más ilusión. Su nariz, tan graciosa como respingona. Su preciosa melena dorada que destella en la mirada de los demás. Y sí, así es él. 
Y yo ¿Quien soy yo? Bueno pues os lo voy a contar, yo soy la chica que se sienta en el vagón de al lado con el mismo libro entre mis manos, observándole indiscretamente, imaginando que algún día seré yo la que esté en ese vagón junto a él, pensando en que momento sería capaz de cruzar esa línea que nos divide, esa maldita distancia que todos los días me propongo destruir, pero pensar en cruzar me pone tan nerviosa que...
Pero bien, un día más, no me atrevo, él en el vagón 320 y yo en el 321, él mirando por la ventana el amanecer en la playa y yo admirandolo a él con una sonrisilla tonta que sin querer se me escapa, pienso en que él podría ser el hombre de mis sueños, el príncipe de mi cuento de hadas, construyo mi propia historia de amor en mi mente, una historia de esas que te cuentan de pequeña que siempre has querido vivir...
Y de repente, a la misma hora de otro día, me siento en mi mismo vagón desde hace cuatro meses, y por sorpresa mía, aquel día no estaba sentado en el 320, pensé ¿Se le habrá hecho tarde? ¿Le habrá ocurrido algo? ¿Habrá cambiado de vagón porque se ha dado cuenta de que no puedo dejar de mirarle? ¿Le habré intimidado demasiado? Me hundo en mi mar de dudas, y se me escapa esa pequeña lágrima que recorre todo mi rostro. 
Y bueno, quedan dos minutos para que el tren salga, y me siento vacía, sin dejar de pensar: ¿Y si le ha pasado algo y no fui capaz de cruzar el vagón? La misma frase en mente que no deja de dar vueltas... Y entonces ocurre, aparece con mucha prisa, sube al tren, llega a nuestro vagón, me mira, le miro, me sonríe, le sonrío, dejo mis lágrimas a un lado y no dejo de mirarle y él tímidamente pregunta ¿Puedo sentarme aquí? Y yo sin dudarlo le contesto: Si, claro. 
Desde aquel día vemos el amanecer juntos, el espacio entre nosotros iba desapareciendo porque el cruzó el vagón y yo cruce el pequeño trozo que había entre asiento y asiento, nuestras manos se acabaron juntando, nuestras miradas lo decían todo, yo entendía perfectamente cada paso suyo y él los míos. Escribimos en aquel vagón nuestros nombres, junto a la fecha en el que él cruzó el vagón y esta distinguida frase: "La distancia nos unió y el próximo que se siente en este mismo vagón será unido"
Y fueron pasaron los años y fuimos creando nuestro propio cuento juntos, sin saltarnos ningún detalle, mirándonos como el primer día, queriéndonos como nunca, para siempre. 


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