El miedo invade, el miedo atraviesa, el miedo rompe, tener miedo jamás fue un pecado y quizá todos los humanos le tengamos miedo a algo, por naturaleza es algo que podemos sentir. Es duro estar sola rodeada de millones de cosas y ver que no hay nada, es difícil cuando no hay nadie y escuchar un mínimo ruido y no asustarse, es imposible que cuando te desvelas todas las noches por pesadillas y sueños repetidos no tener miedo, y es que tiemblo cuando me quedo en vela mirando al techo, quizá esto tenga un motivo, y el problema sea mi desequilibrio para todo, el de no hacer por si acaso y el de tirarme a la piscina a la vez, he dejado de confiar en mi, porque son tantas la veces que acabo sola llorando a escondidas por haberme fallado a mi misma que no aguanto una más. Odio la sensación de saber que puedo y quedarme a mitad, sin conseguir nada, no soporto ver como no lucho y no sonrío cuando debería. Odio no estar orgullosa de mi. Odio sentir dolor en el corazón, una presión extraña y rara que jamás he sabido definir. Odio que mi cabeza no esté quieta y no esté en su sitio, da vueltas y vueltas y nunca para. Odio no quererme a mi misma, no saber valorarme y creerme diferente. Odio esforzarme para que salga bien y volver a derrumbar todo. Odio que la gente me mire a la cara y me pregunten que me pasa, o si estoy cansada porque tengo cara rara. Odio no saber que hacer, odio decepcionar a los demás. Odio ver la necesidad de desaparecer para poder volver a ser. Odio no poder cumplir aquello de ser una soñadora positiva. Odio ser negativa antes que mirar el lado bueno de todo. Y es que a la hora de la verdad odio odiar.
       

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